¡Todos iban creciendo amparados por mi mirada! Es decir: todos iban creciendo en la intemperie mexicana, en la intemperie latinoamericana, que es la intemperie más grande porque es la más escindida y la más desesperada. Y mi mirada rielaba como la luna por aquella intemperie y se detenía en las estatuas, en las figuras sobrecogidas, en los corrillos de sombras, en las siluetas que nada tenían excepto la utopía de la palabra, una palabra, por otra parte, bastante miserable. ¿Miserable? Sí, admitámoslo, bastante miserable.

Y yo estaba allí con ellos porque yo tampoco tenía nada, excepto mi memoria.

Yo tenía recuerdos. Yo vivía encerrada en el lavabo de mujeres de la Facultad, vivía empotrada en el mes de septiembre del año 1968 y podía, por tanto, verlos sin pasión, aunque a veces, afortunadamente, jugaba con la pasión y con el amor. Porque no todos mis amantes fueron platónicos. Yo me acosté con los poetas. No con muchos, pero con algunos me acosté. Yo era, pese a las apariencias, una mujer y no una santa. Y ciertamente me acosté con más de uno.

La mayoría fueron amores de una sola noche, jóvenes borrachos a quienes arrastré hacia una cama o hacia el sillón de una habitación apartada mientras en la habitación vecina resonaba una música bárbara que ahora prefiero no evocar. Otros, los menos, fueron amores desgraciados que se prolongaron más allá de una noche y más allá de un fin de semana, y en los que mi papel fue más el de una psicoterapeuta que el de una amante. Por lo demás, no me quejo. Con la pérdida de mis dientes yo tenía reparos en dar o recibir besos, ¿y qué amor puede sostenerse mucho tiempo si a una no la besan en la boca? Pero aun así me acosté e hice el amor con ganas. La palabra es ganas. Hay que tener ganas para hacer el amor. Hay que tener también una oportunidad, pero sobre todo hay que tener ganas.

Al respecto hay una historia de aquellos años que tal vez no fuera ocioso contar.



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