
Así que yo me hice amiga de esa familia. Una familia de chilenos viajeros que había emigrado a México en 1968. Mi año. Y una vez se lo dije a la mamá de Arturo: mira, le dije, cuando vos estabas haciendo los preparativos de tu viaje, yo estaba encerrada en el lavabo de mujeres de la cuarta planta de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ya lo sé, Auxilio, me decía ella. Es curioso, ¿no?, decía yo. Sí que lo es, decía ella. Y así podíamos estarnos un buen rato, por la noche, escuchando música y hablando y riéndonos.
Yo me hice amiga de esa familia. Yo me quedaba de invitada en la casa de ellos largas temporadas, una vez un mes, otra vez quince días, otra vez un mes y medio, porque para entonces yo ya no tenía dinero para pagar una pensión o un cuarto de azotea y mi vida cotidiana se había convertido en un vagar de una parte a otra de la ciudad, a merced del viento nocturno que corre por las calles y avenidas del DF.
Yo vivía durante el día en la Universidad haciendo mil cosas y por la noche vivía la vida bohemia y dormía e iba desperdigando mis escasas pertenencias en casas de amigas y amigos, mi ropa, mis libros, mis revistas, mis fotos, yo Remedios Varo, yo Leonora Carríngton, yo Eunice Odio, yo Lilian Serpas (ay, pobre Lilian Serpas, tengo que hablar de ella). Y mis amigas y amigos, por supuesto, llegaba un momento en que se cansaban de mí y me pedían que me fuera.
